martes, 30 de septiembre de 2014

Amor Secreto


Se reunen  por las noches, bajo un árbol
en el patio de la iglesia.
Mi marcha los alerta
y suben espantados a esconderse,
tal vez a su nido.

martes, 15 de julio de 2014

Perseguía el Poeta a la serpiente entre los miasmas en los límites del pantano. La esquiva cazadora con un movimiento despistó a su perseguidor, trepó invisiblemente a un árbol para dejarse caer en los hombros del hombre, enterrando sus colmillos en lado izquierdo, dio de probar su veneno al poeta y antes de cualquier reacción deste ya estaba en el suelo escondiéndose entre las mala hiervas. Reía la serpiente mientras el tóxico hacia su efecto sedante, el desentendido hombre solo pudo serenarse en el piso, oportunidad que aprovecho la ponzoñosa para acercarse y preguntar el motivo de su descuidada persecución. En voz baja las palabras del poeta lentamente fluyeron desde su convulsionada boca conmoviendo al reptil, quien mantuvo el silencio luego de escuchar tan extraña respuesta, pues nada sabe una serpiente de poesía. Rompió su silencio para preguntar: ¿cómo sabes cuando el poema está terminado? Se escuchó la respuesta entre estertores: Te lo gritan desde dentro las viseras,(aquí hizo una gran pausa) Es como si un veneno te lo avisara. La serpiente arrepentida de su imprudente mordida, vomitó un pequeño frasco de vidrio azul oscuro con el antídoto; en silencio regresó al pantano.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Las hormigas devoran a un hombre llamado David, Eduardo Anguita



“Aquí hay un tirano: o es usted o soy yo”
Anónimo chileno
“…los amigos, separados y unidos de nosotros por un cordel insumable.”
E. Anguita


Un grueso viento caliente corría desde el cielo a la tierra, levantando brillos rápidos en la atmósfera y grandes barreras de inhibición, remolineaba los pequeños papeles abandonados la lado de las cunetas entre el polvo, gimiendo como al pasar por minas de carbón ignoradas; bajo esta tempestad nocturna se adivinaba un sol sordo, sin poder respirar, y echando tierra hasta la sofocación detrás del cielo visible. Los transeúntes parpadeaban mucho más rápido, no se sabe si por una duda persistente o aprehensiva, o por miedo al reflejo repentino de los relámpagos produciéndose del lado de las cadenas de montañas de la costa; se tambaleaban pegados a los muros y las verjas, con la mano asegurándose el sombrero y en el brazo llevando la chaqueta que se habían quitado acalorados y fanfarrones. Eran pocos los que componían esta marcha común. Y a cada momento la calle raleaba más y más. Se trataba de una ancha avenida, toda pavimentada, vigilada a ambos lados por pequeñas acacias australianas, nítidas y frescas, que se extendían a toda velocidad hacia una luminosidad y dureza verdaderamente solitarias. El mundo, pues, se despoblaba aparentemente. Aún no me sentí absolutamente solo; quedaban tantos transeúntes fuera de mí, y quedan tan pocos para haber compuesto una multitud. Vacilante, en un término medio insoportable, deseé violentamente la compañía estrecha y anónima de una poblada, o la soledad y el miedo más absolutos. Pero ahora cualquiera de esos extremos era utópico. Sólo una susceptible desconfianza reinaba entre todos, un recelo disimulado y cobarde. Ninguno se atrevía, si adelantaba a algún compañero, a mirarle la cara; por lo demás, ninguno osaba innovar en la velocidad de la marcha colectiva.  Del ruido de los truenos casi nos sentíamos todos culpables, uno por uno; una delicadeza insostenible armonizaba nuestro trayecto bajo la tempestad. Hacía un aire húmedo y cálido. Como mi nariz comenzaba a resentirse, pensé, como era lógico,  sacar mi pañuelo, que siempre llevo en el bolsillo posterior del pantalón, pero no pretendí realizar dicha empresa. ¿Me podría permitir hacer pensar a alguien que yo llevaba mi nano al revólver? Sólo de imaginarlo me estremecí. Con el dorso de la mano me enjugué lo mejor que pude. El viento seguía pasando y repasando el espacio en zonas significativas. Uno o dos perros trotaban, a su paso el césped se levantaba enternecido,  las caballerizas contiguas se  estremecían de ácido olor como ternuras, y los árboles de los bungalows estaban en medio de setos donde las ardillas miraban.
Nuestro paso era fanfarrón, quizás porque, precisamente, tenían miedo, miedo unos de otros, miedo a interceptarnos, a rozarnos siquiera. Y no era, sin embargo, la soledad, el retiro: lo delataban las miradas bajas, la marcha militar y anodina que nada hubiera podido trisar, lo decía ese viento creador de una miseria moral poderosa e invisible. En este clima, la sonrisa era lo más frecuente, la suavidad de los modales impedía ser personal y los gestos exteriores gobernaban el pensamiento y el alma tanto de los seres como del paisaje.  Pero, ¿en el interior, qué había? ¿Qué figuraba? ¿O nada se anhelaba quería respecto del prójimo?
 De pronto, experimentamos una gran muchedumbre detrás de nosotros, una masa compacta que, en silencio como la lluvia que ya empezaba a descender, rompía una gasa engañosa y resbaladiza. Entonces comprendimos, espantados, que la politesse había muerto.
Como un mar, la sombra de aquellos varios centenares de hombres invadió la pureza de una calle aun inhumana, y yo comprendí que ya nada me permitía sustraerme al amor y la confianza de los hombres; y tuve un estremecimiento de pavor. Me veía en medio de esa multitud apretada, sintiendo el calor de los vecinos, uniendo mi destino a su destino común, cuyo misterio sólo estaría compensado por la aparente ventaja de ser muchos. Antes de lo diez minutos de marcha, ya sabían mi vida, mis miedos, mis cualidades y mis defectos, mis esperanzas.
-Es igual a todo, igual a todos, igual a todos –graznaba un hombre de bigote rubio, mediana estatura, y cuya única preocupación era imponer su opinión en los demás.
Empecé a sentirme francamente emocionado. “Claro, ¿por qué no? Perder su personalidad, incorporarse a un todo, ¿no es esto Dios? ¿No es éste el Dios que uno puede alcanzar gracias a la renuncia individual? Como una ola en un mar…”, pensaba entusiasmado. Me sentí generoso, bueno, inmenso. Miré los rostros de los compañeros,  sus gestos de humildad, lo cual me dio tanto asco que no puede impedirme considerar sus cuerpos contrahechos como si los hubiera visto desnudos. Y como había también algunas mujeres muy feas y desagradables, me sentí arder de una mortificante furia sexual.
Un ser –que sólo ahora vengo a saber que es hombre, pues su rostro era demasiado angélico y profundo- blanco, de impúdica mirada, me atrajo la atención. Sin duda, rompía esta armonía múltiple, esta solidaridad inmensa, y así lo sentí yo apenas lo contemplé, pues su indiferencia, su fantasmal lejanía, resonaban como un desafío o como una desgracia. No pude impedirme amarlo desde el primer instante. A los pocos minutos, como se comprenderá, traté de acercarme a él. A fuerza de pechar logré colocarme a su lado. Era alto y desdeñoso, a pesar de que no carecía de una dulzura extrema y de una condescendencia afable. “Nada más antihumano que esta antipática y superficial cortesía de estos figurines aristócratas” pensaba, con ira muy mal disimulada, el hombre del bigote rubio que había graznado hacía pocos momentos.
Contemplando al hombre blanco que ahora iba a mi lado, lo amaba más y más; había en él algo profundo que atraía, y hacia ese algo profundo yo quería llegar. Entonces, intenté un diálogo.
-Compañero –le dije casi al oído: él, al instante, por reflejo se separó, pero pronto trató de disimular dicho movimiento y darle otro sentido- ya ha dejado de llover; dígame ¿por qué no se seca la cabellera? Yo tengo un pañuelo, no es hermoso, pero es mejor que usted se cuide; veo se cutis pálido… -balbucí casi sollozando.
-No –me respondió, haciendo un movimiento de oscilación para querer imitar el movimiento de rechazo que hacía unos segundos había dibujado inconscientemente en el aire- no tema, ya no llueve.
Me sentí desoladamente fuera de su mundo espiritual. Mentalmente recorrí toda la gama de sentimientos que un hombre puede experimentar pos sus semejantes, y, cosa curiosa, veía que todas podían servirme de igual modo –entrega, sentimiento homicida, desprecio, admiración, adoración, indiferencia…- o que, mejor dicho, ninguna serviría para lograr el verdadero objetivo. En una desesperación horrible, maniatado física y metafísicamente, me vi, sucesivamente, besando los pies del hombre blanco, o azoándolo en una plaza pública, o sacrificando mi vida por él, o bien… pasando frente al mar, en donde él se hundía irremediablemente, sin dignarme ni a mirarlo… en fin… me desgarré interiormente con la doble crueldad de no poder nada y de darme cuenta de ello con una lucidez verdaderamente divina.
Ensayé interesado en mis asuntos:
-Soy tan desamparado –exclamé, siempre al oído- ; he estado pensando hoy, justamente  esta mañana, que no cuento con ningún amigo a quien relatarle mis penas, o mis júbilos, ¿sabe?
Puede observar, rápido como un relámpago, un gesto interior de disgusto, y luego dijo:
-Ahora el cielo se despeja.
Quise detenerme a hacer la roseta a mis zapatos, pero la amargura de mi fracaso ante el hombre de que hablo me trabó toda posibilidad de acción, sobre todo que ésta de detenerme habría significado un trastorno para lo demás, dada la verdadera solidaridad y comprensión que reinaba. En cierto modo me admiré a mí mismo por esta nueva cualidad de despreciar el amor, la cercanía hasta la fusión de tantos seres en mi alma. Ahora pienso que esa misma manera de considerar el asunto del zapato significa que yo ya estaba ensuciado por la repugnante epidemia del amor y la confianza absolutos. Nuevamente sentí un impulso irresistible hacia el hombre extremadamente blanco y solo. Observé su cuerpo abandonado y flexible,  su rostro paradisíaco y cerrado, su espíritu marchando hacia una bella obscuridad sólo para él reservada. Así, prestando una intensa atención a este hombre, fue como descubrí un hecho insólito que casi me paralizó: cojeaba del pie derecho, con mucha impertinencia –lo cual yo en esos momentos consideraba sinceridad- fijé mi mirada en su tobillo desnudo, y penetrando más abajo por el talón mi vista entre la oscuridad del zapato, di un  grito sobrecogedor en el fondo de mí mismo. Sin duda, claro, es evidente, ese hombre estaba loco. ¿Cómo podía continuar andando se llevaba incrustado en el talón un largo, ancho, y sólo para él reservado, mohoso clavo, que le hacía sangrar tan abundantemente el pie y que debe haberle torturado  con un penetrante e inédito dolor? Lo admiré tan calurosamente, que llegué a tomarle el brazo; lo retiró con brusquedad, pero luego tomó el mío por pocos instantes para desagraviarme.
-¿Qué hay, qué piensa ahora? –me preguntó suavemente, pero con el rostro serio.
-Usted, David –así se llamaba- es un héroe, un santo –le dije conmovido, sin poder concebir ni vagamente cómo alguien podía sufrir o gozar solo, y me repetí avergonzado mis palabras da hacía un rato quejándome de la falta de amigos. …Sí, usted es todo un hombre –le grité casi al oído, decidido a seguirlo por siempre, como un siervo tal vez.
-¿Por qué? Usted no sabe –arguyó molesto.
-¿Cómo no sé? Le he visto el pie, la sangre, el clavo, la obscuridad…
-Eso es cosa mía – respondió brevemente.
Experimenté una aguda cólera, aun más, un agudo odio, pero sentí claramente que era el mismo amor, el mismo impulso de fusión y pérdida que ahora me enardecía. ¿Por qué las gentes lo llaman odio, o amor? ¡Gente que nunca he sentido algún sentimiento profundamente y sin consideraciones utilitaristas! Con un inmenso amor deseé despedazar facción a facción, milímetro a milímetro, el cuerpo de ese ser orgulloso y puro,  sintiéndome quemar desde lo más interno de mí mismo por un fuego creciente y nunca satisfecho. Y a medida que este fuego aumentaba, crecía el dilema satánico que envolvía: “Te mataré para que algo tengas que ver conmigo”, y formulando ese deseo se me escapaba la frase que mi perversidad ponía en boca del otro: “No me mates, te lo ruego”. Entonces yo le perdonaría. Esfuerzo por el más desesperado amor, ustedes pueden considerar, pero esfuerzo absolutamente inocuo. Yo temblaba, ahora bajo ese cielo cruel que tan pronto había dejado desvelar se dureza y su implacabilidad.
Debí acercarme al hombre del bigote rubio, que marchaba feliz ya completamente aliviado del hombre puro que lo había enardecido. Pensaba en alta voz para que los demás gozaran. A pesar que los demás ponían la mayor parte posible de atención en penetrarse de sus ideas. Karl –así se llamaba- no se sentía satisfecho. Había algo obstaculizador e insalvable -¿el cuerpo tal vez? –que le impedía llegar al núcleo de los seres queridos. Respecto a las mujeres, igual, no obstante que con éstas él podía entrar literalmente en ellas. Entrar, pero no mucho, no hasta esa desaparición de las individualidades que el impulso amoroso exige. Luego, los mismos hechos impedían el absoluto acercamiento. Uno puede dormir al lado o encima de otra persona, pero no duerme el mismo sueño. ¡A qué soledad y lejanía obligan esos pequeños y cotidianos actos de comer, defecar, sufrir, gozar, llorar…!  Los límites son infranqueables pese a toda voluntad humana… Y así fue como, acariciando primero, apretando después, luego mordiendo y atenazando cuellos llenos de vida, muslos iluminados por la contemplación,  senos como pájaros eternos, llegó a herir y, finalmente, a asesinar a las más hermosas mujeres. Ahora le sucedía algo semejante. David, para él, representaba algo así como una esfera aceitada que nunca lograría asir, y él lo deseaba urgentemente, profundamente. Esto es el amor. Desear asirlo aun a riesgo de aniquilarlo para siempre; por lo demás, ¿no se aniquilan siempre los que seres que se ama? El cansancio amoroso, ¿no es simplemente resulta de la muerte de los amantes? Karl ahora volvía a enardecerse. Pero yo estaba su lado, y lo apacigüé.
-David… -comencé a hablar.
-Basta –respondió.
Le miré a los ojos y comprendimos. Asesinaríamos a David, el blanco, el solo, nosotros hormigas altruistas entraríamos en su reino y sería nuestro, despedazado pero en nuestras manos; y yo podría lamerle las heridas y hacer mía su sangre, Karl le pondría la rodilla sobre el pecho hasta que se enfriara. Y sobre todo ese goce, la perfecta armonía, el igual trayecto de dos pasiones, dos vidas: la mía y la de Karl.
-Federico – me increpó Karl – tracemos un plan. Yo le agrediré y tú le defenderás, ¿eh?
-Natürlich –contesté, porque la vergüenza me impidió desnudar mis sentimientos.
  En la mano de David un objeto brilló lenta, per o agudamente: tal vez su propia alma puesta por primera vez a la luz exterior y extraña, o un cortaplumas, o un acto libre.
Karl se abalanzó sobre sus espaldas, y mientras le golpeaba la nuca con el dorso del puño, con la otra mano ceñía su cintura. Para David esto era repugnante; sin embargo, conservaba para sí su más prístina dignidad. Ahora Karl había desgarrado la camiseta de David y con una escobilla gruesa y áspera frotaba los pezones del hombre blanco, quien experimentó algo como estas palabras: “Bascas (nauseas) de sí mismo”. A pesar de que esto era tan tremendamente vergonzoso, David no pudo impedir el hecho que le producía tal sentimiento, ni el sentimiento mismo. No hablaba; sabía por lo demás que aquel hecho lo hubiese comunicado con la sucia hormiga que lo torturaba, y se mantuvo en silencio sin protestar ni implorar.
- Perro querido, burro loco, pavonéate ahora –graznaba Karl ágilmente – perro querido, encantador cisne, espiritual aceite de ricino, di, dime, angelito peludo,  torre de marfil meada…
Al pronunciar estos epítetos, Karl descubrió que, además de asesino, podría considerarse un invertido.
Pronto se agruparon los compañeros en torno a la batalla.
Yo oí frases como estas: “se quería suicidar ¿eh?”, “Pronto, rápido, rápido”, “El que mira hacia arriba ¿no?”… etc. y no pude esta sinceramente en su contra. Me abrí paso dispuesto a liquidar a Karl, pero recordé el plan y exclamé:
-David, yo le defenderé… ¿Ah? Dígame, ¿quiere? –le grité, esperanzado en conquistar aunque fuera una palabra. Me acerqué tanto a él que sentí su calor corporal y le tuve lástima. ¿Lástima? Ja, ja. Eso hubiera yo deseado: él era demasiado fuerte para inspirar otra cosa que amor u odio.
Ese hombre blanco era tan inmensamente solo e interiorizado, que no sintió ni nuestro calor, ni nuestra presencia, ni nuestro impulso de acercarnos a él, y tan así que no uso ni su cortaplumas para herirnos. ¡Brillante, intenso acto libre, de aterradora humildad! Y, tranquilamente, como hacía siempre que no recordaba algo que anhelaba recordar, comenzó a contar en voz alta: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… etc. Con tal serenidad que nos sentíamos agredidos.
-Hay que lincharlo –propuso alguien.
-Uno por uno –corrigió otro
Y todo, unos furiosos, otros con rencor disimulado, muchos fingiendo indiferencias, algunos desesperados hasta las lagrimas, expresaron y sugirieron que se debías hacer de ese hombre.
Aprovechando la batahola, David abrió el cortaplumas que guardaba en la mano, dejó de contar, y se dispuso a hundírselo en el vientre.
Entonces, todos sentimos verdadera compasión por él; tal fue el sentimiento que prevaleció: y así nuestra debilidad fue halagada. Separamos a Karl y empezamos a cuidar al hombre irreductible. Le deseábamos la vida. Le deseábamos el bienestar, la felicidad. “Alguna vez se recordaría de nosotros… ¡Cochino egoísmo del hombre, siempre esperando roce o recompensa!
-Usted no puede suicidarse –dijo alguien, colocando la mano sobre la frente para constatar si tenía fiebre.
-¿Por qué quiere sufrir? –le contestó otro en tono afable, y le quitó el cortaplumas.
-Ahora, ahora –rugió David, saliendo de sí por primera vez –ahora, tapiado por esta masa cariñosa, es cuando lloro, y pateo, y rabio. Yo hago lo que quiero, ¿entienden? ¿Qué se meten ustedes en mí? Yo me quiero matar…
-No, pichón, cálmate –tercio Karl en el colmo de la felicidad.
El hombre solo no tuvo otro partido que tomar que serenarse.
-¿Me permiten fumar? –Preguntó – O si no, dormir…
Luego volvió a tener en acceso colérico.
-Ahora es cuando lloro y rabio y… -ya no tenía versos para expresar su ira, por lo cual optó por la ironía –y fumo… si, fumo un poco, fumo y duermo contra ustedes…-terminó con una sonrisa amarga.
Se calló, y, luego de haber contado (uno, dos, tres, cuatro, etc. Hasta 20), pereció recordar algo que había soñado o pensado hace muchos años atrás: ¡Que atroz tortura para Cristo hubiera sido la de los hombres, por un exceso de intrusión o confianza, le hubieran impedido ser crucificado!
David sollozaba. Las lágrimas le corrían por su hermoso rostro ahora abierto a las devoradoras hormigas, habrían surcos misteriosos en su interior.
-Eso querían ustedes…
Alguien le interrumpió chanceando:
-¿Qué queríamos, aristócrata?
-Eso querían ustedes –continuo David –que les dijera: eso querían ustedes… ¿Qué? Que les dijera: “Eso querían ustedes…” ¿Qué?...
Y continuó hasta el infinito.
Indudablemente, el Hombre estaba hecho pedazos.

Como un rayo me separé de la multitud, y por una callejuela transversal  huí hacia la locura. Corrí, corrí… aún corro, corro, corro… ¿Oyen? Aún voy corriendo…   

viernes, 18 de octubre de 2013

Miedo ante el paisaje, Juan Tejeda


Eran encantadoras. Vegetalmente encantadoras, diría alguien al verlas emerger al fondo del paisaje. Y sumergirse, también.  Porque esa tarde, al volver del pueblo, lo que esas dos muchachas hacían era darse un  baño de naturaleza. El polvo del camino las palpaba. Las mordía el rumor del río. Que allá bajo corría destrozándose y naciendo, plagando y tendiendo sus músculos. Las rozaba a distancie, casi sin atreverse,  el cielo lunado. Las abrigaban las montañas, y la sombra de los árboles las sostenían. Eran encantadoras.
Encantadoras y frutales en la juventud desatada. Lo decía esa carrera a la que se habían entregado  tácitamente al bajar. Lo decía la varilla con la que una hendía el aire y el ramo de flor de durazno que la otra llevaba traviesamente enredados a sus cabellos. Todo lo decía. Sus detenciones bruscas, la manera de estirar los brazos y aspirar sin insistencia el aire que las unía, que entraba en ellas y salía de los árboles para circular por el río, bajo el río, en las montañas, el camino, para asomar entre el césped y las hojas, el aire que traspasaba todo como una aguja con su hilo o que todo lo regaba como una arteria o una vena.
Así, pues, iban anudadas al paisaje. Inocentemente anudadas al paisaje y al presente, sin saber ni comprenderlo, olvidadas de todo recuerdo y de todo porvenir. ¡Ah, cómo iban! Para seguirlas en cada uno de sus movimientos, le sería preciso a la pluma, en verdad, ejecutar esas ágiles piruetas y, parándose y replegándose y saltando, deslizándose por aquí y por allá, dar a la frase una exacta tonalidad de vuelo y danza, de instinto juvenil y femenino. Debemos confesar que en semejante tarea no es fácil alcanzar un total señorío. Porque ellas escaparían a nuestros designios. Una especie de intuición les dará aviso en el momento justo de ser atrapadas. Y se ahora estuviésemos a punto de dar el zarpazo, y dispuestos a detenerlas, y decir: aquí están, miradlas; ellas ya no estarían aquí, sino allá-ignoramos dónde-. Y si entonces no lanzáramos en vuelo y dijésemos, temerosos de perderlas de vista: contemplad como corren, bajando, cómo se dan y reciben, cómo en doble complicidad  forman parte del exterior y éste de ellas, ya no se irían dando ni recibiendo en doble complicidad  formarían parte del exterior. Porque ya haría rato que, cansadas, se habrían detenido y mirado el río siguiendo con los ojos la trayectoria de la varilla, partiendo de una de las manos, trazo en el aire y luego en el agua, hasta perderse en la vuelta. En ese momento fue cuando se miraron sonrientes y al mismo tiempo esquivas, en el último acto de complicidad.  En ese instante contemplaron la mágica belleza que las rodeaba y la esa crítica aprobativa, que fe del río a  las laderas y las sombras y a todo, cortó con su filo la arteria y la vena.
Ya no estaban anudadas al paisaje y al presente: estaban desligadas por entero, estaban completas con su pasa y con su amistad y sus recuerdos comunes, gozando y midiendo la belleza del momento recién hundido en la carpeta del pretérito. Y cuando se pusieron en pie y comenzaron a caminar lo que les faltaba para llega a las casas-pues habían tenido hasta de recostarse y  descansar mientras nosotros nos ocupábamos de ver su estado interior- iban conversando, cambiando impresiones  sobre el baño de que recién se desprendían y cuyo influjo saboreaban aún.
-Mira –decía  una de ellas, claro que con otras palabras más espontáneas y familiares  que las que el relato nos obliga a usar-, mira levantarse al fondo, entre la oscuridad, la cordillera.
-Da miedo- contestó la otra, casi sin pensar y sin sentirlo-, da miedo su negrura y aspereza.
-¿Y si tuviese una de nosotras que pasar ahí sola toda una noche?
-Daría miedo –insistió la otra, y callaron.
Callaron  y el silencio las unió. Un silencio angosto y particular, para ellas solas, que se desenvolvía entreverándose  al otro silencio, más amplio y salpicado de misterios,  que es la extraña palabra de la naturaleza. Pero dentro de su silencio particular y propio, continuaron dialogando. Daría miedo. La cordillera era alta, el río respiraba. Dominarían el vasto panorama, pero pronto el panorama terminaría dominándolas, a cualquiera de ellas, a la que se atreviese a permanecer sola,  ahí, durante toda la noche. Pues sería una experiencia inquietante. La cordillera era alta, el río respiraba. El valle era profundo y, al frente, sobre el camino, otra vez eran altos los cerros. Estaría ahí, bajo la luna, incrustada de una alta y pétrea mole, sobre la tierra, bajo las estrellas, entre las sombras, una de las dos. Sola. Con su silencio atravesando el otra silencio, más rumoroso y lleno de misterios. Con tosa su vida: viviendo; con recuerdos y proyectos. Con su cuerpo, caso domestica y manejable por la costumbre, en su cuerpo, frente a ese otro cuerpo rígido y desconocido, en ese otro cuerpo turbado, vivo y la vez muerto, impermeable e intraducible. Vivo y a la vez muerto. La cordillera enmudecía, el río decía algo confusamente.
Así iban convergiendo en su silencio mudas preguntas e interrogativas respuestas. La sensación de azar crecía, tomaba volumen, se despeñaba de ellas, hacía aumentar el silencio, amenazando romper sus fundas, que ya cedían invadiéndolas desordenadamente, y más tarde torturándolas, como una música infinita. La cordillera y el río crecían. Los árboles se estiraban, las sombras herían. Desde dentro, el silencio se revolvía y amenazaba  destrozarse y expandirse. Desde fuera, la mano agita sus dedos –porque les parecía reposar, frágiles, sobre la palma de una inmensa mano abierta- y, casi imperceptiblemente, se movía. Sus ojos evitan encontrarse y se evitaban; pero, sin embargo, se encontraban sin verse.
Daría miedo, sin duda. Habría dudas, y eso daría miedo. Y la mano podría cerrarse o darse vuelta. ¿Y qué era esa mano? No lo decían las sombras, no el polvo, ni el frio, ni el cielo, ni el extraño azoramiento que en ellas nacía. No avanza lenta ni uniforme, ni ordenada, esa turbación, como una frase. Prendía aquí y allá, se movía, circulando como una red, se multiplicaba, luchaba entre sí y avanzaba, siempre, con la rapidez de… -pero no hay comparación posible-. Porque toso se venía encima, horizontalmente, entero, en un instante, suma y resumen, eterno.
Daría miedo.  Cada pregunta latente viviría al contacto de las otras, y el despertar de cada una ahogaría la respuesta de la anterior. Y encendidas ya todas, se levantaría la conciencia angustiante de estar viviendo y, como sombra, una extraña responsabilidad. Eso sería, y eso fue lo que se dijeron al estrecharse desde fuera  el silencio y expandirse desde dentro, estalló:
-Falta poco para llegar.
Esa fue la sola confesión, pero bastaba. Esa sola frase desprovista en otra oportunidad de un más trágico significado, lo expresó todo y cortó, con la violencia del estallido, las débiles amarras que aún quedan entre ellas. Ahora, cada una estaba individualmente sola y sabía que todo cuanto hiciese por acercarse a la otra –y eso sería lo único deseable- chocaría y se aniquilaría ante el cierra del mundo exterior, ante la muda protesta,  ante la voluntad cortante del paisaje.  Sólo en la casa, mezcladas al ritmo cotidiano del vivir, conversando o bailando o comiendo, perdidas entre las demás existencias –menos existentes por el hecho de no haberse asomado a sí mismas, menos temerosas por no conocerse-, sólo allí podrían, si aceleraban aun más el paso, encontrar un descanso, un refugio, un baño en la vida de las superficies, una costumbre. Pero ya no podían seguir diciéndolo. Las montañas se elevaban, el río rugía, giraba todo entre luces y sombras y ellas se apegaban, entre todo, a lo menos tranquilizador y a lo único posible, al sentido de la propia responsabilidad. Corrían ya. Corrían desesperadas,  con violencia. Cada vez más rápidas, poniendo todas sus fuerzas en la huida, como quien sabe que si deja por un instante de aumentar la velocidad, perece.
Y mientras todo seguía girando; y se elevaban las montañas y rugía el río, unas luces anunciaron las casas. La necesidad de sumirse ahí se imponía; la carrera se hizo más angustiante y desigual –porque una de ellas, debido quizás a qué extrañas preferencia de la materia, que no dejaban de asustarla, había avanzado más que su amiga-. Ella fue la que sintió en su carrera que algo, atrás, había caído pesadamente. No se volvió. Supuso que sería la otra. Pero sintió que nada ganaría, que todo estaría perdido, que el misterio de las cosas terminaría también con ella, si se detenía. Pues ya la fuerza, pues ya la impotencia, pues ya el alma, pues –pensaba apresurada y sensorialmente, sin ilación lógica, entreviendo apenas, en solo ese amontonamiento, que la comunicación con su amiga sería imposible y que el paisaje, aumentaba también su insistencia, terminaría con ella y se impondría, arrasando su propia soledad, incorporándola, como acaso sucedió con la otra, a su propio ser.
Y siguió corriendo, con el alma en desorden, segura de su salvación, porque estaba cerca ya, muy cerca.
Se oía la música del autopiano. Seguramente lo estaba tocando el respetable pensionista de rostro rosado, el mismo que para tomar una justa apariencia de veraneante había comprado una especialísima tenida, el mismo que acostumbraba mirarla desde su mesa, murmurando con los ojos ininteligibles palabras, y el mismo –digámoslo- que nos vemos obligados a insertar aquí después de severas reflexiones. Porque no nos resulta grato –y suponemos que al lector le pasa lo mismo- evocar así  tan de improviso, y junto a la palabra música, una tan gregaria personalidad. Pero en aquel momento, era precisamente algo gregario lo que ella quería, y por esto supo asir esta imagen que la casa le enviaba por medio de la acompasada melodía que le era con un tic familiar y simpático –y que ellas habían bautizado con un también familiar.
Ahora, mientras se acercaba, y la música se iba reforzando y –alimentándose de sí misma y de los recuerdo del mundo donde surgía, creciéndose y estirándose- venía a su encuentro, la muchacha le parecía encontrarse en la única zona en la que podían disolverse y morir las olas inquietas y llenas de sombra. Una zona en que las superficies se hundían en las profundidades. Allí dos cielos tomaban contacto. Allí parecían tocarse las dos manos, la mano temible y misteriosa y esa otra mano, más amiga y más buena, que la casa le tendía. A ésta iba. De ésta se iba llenado, de esta mano blanca y sensata, de esta música se iba dejando envolver.  A ella venía esta música, envuelta en su ritmo, a envolverla también,  como una cortina de humo, con todas sus relaciones familiares y sus hábitos. Para hacer más densa, más espesa esta débil separación del mar de tinieblas. Eso hacía la música, eso iba laborando al acercarse, y hubo un momento doloroso en que los dos cielos chocaron y se alejaron. En aquel momento se acrecentó, elevó al máximo su crueldad el terror; pero se hizo más lúcido y, dejando una nostalgia tentadora que fue disolviendo lentamente, empujó a la muchacha hasta la puerta del comedor, y ahí la hizo apoyarse. Adentro, los pensionistas conversaban, comían. Por las miradas, por las palabras que le dijeron los otros mientras iba su mesa, se dio cuenta de que estaba ya dentro de un universo inofensivo y sedante. Estaba ya incorporada a una forma de vida. Había adquirido un lugar propio, un sexo, una edad y una significación general al mismo tiempo que una significación especial para ciertas personas. Se dio cuenta de que había engranado perfectamente y que la máquina seguía funcionando. Hizo algunas venias que eran de rigor, se sentó ante su plato y empezó a comer.
En ese momento, el caballero del autopiano dejo de tocar y se le acercó. La música no hacía falta. Agazapado tras sus bigotes le habló dos palabras y, trayendo una silla, se sentó frente a ella:
-Esperaba esto –le dijo, cuando, tras preguntarle por su amiga, ella le contestó que quizás no vendría, que era posible que con un grupo de sus amistades se quedara a comer en otra parte-, esperaba esto. Porque, ¿sabe? Yo quería decirle…
Pero la música había empezado otra vez a sonar. La muchacha hizo un mohín tan gracioso, tan encantador, que determinó un temblor en el respetable veraneante.
-Sírvase espárragos- dijo ella adelantándole un plato y sonriendo-, están deliciosos, realmente deliciosos.   

lunes, 14 de octubre de 2013

En la mecedora


Te balanceas  para que el vértigo de la memoria
entregue su dulce mareo,
es un juego que palpita como una cuna.

La quietud no moverá a estos espejos fluctuantes
pero
el impulso estremecerá esta campana,
si vas con rapidez se sacudirán las paredes
con las que choca el badajo
en el muro blanco y en el muro negro,
(uno dentro otro fuera).

Le embriaguez se prolonga,
y con el golpeteo de las paredes
cae este bello derrumbe 
dejando al péndulo en el moviendo
para que lo afable no deje de manar. 

domingo, 15 de septiembre de 2013

Serena

Serena y nublada la noche va pasando
no hay luna ni estrellas solo cantos de aves
que pronostican la lluvia.
Será una lluvia corta, se aleja el invierno,
hay relámpagos que guardan secretos,
el viento corre con una inquieta gracia
susurrando que va a llover.

Ya llegará la primavera y sus soles
mientras guardo dentro
del frasco de los recuerdos
lo frío del invierno,
la cosecha de la primavera
al menos será más cálida.

En calma recoge las hojas mojadas por la lluvia
las pondremos en el árbol de donde cayeron
esperando poder restaurar sus flores
y el dulce perfume que alguna vez tuvieron.  

lunes, 5 de agosto de 2013

Pilotos errados

 
No veo una Santa en María, veo a una similar.  
Entre la floresta, va el polen,
como tu sonrisa perdida,
sin prenderse de ninguna flor.

Eres llevada en la abeja que se embriagó
por la fermentación del néctar
y ha extraviado el camino a la colmena.

¿A cuál de las semillas quieres ver nacer?
a cuál de los jardines  vas a llegar?
o iras errando hasta la llegada del invierno?

El tibio viento  que sopla al atardecer
deja el cobre en la palidez de las nubes,
fugaz, la bella imagen se desvanece,
las flores se cierran,
anochece,
mientras la polilla va buscando
el reflejo de la Luna en el estanque.